Durante años, se ha repetido una frase que suena intrigante, poderosa, casi mágica: “solo usamos el 10% del cerebro”. Está en películas, libros de superación personal y hasta en conversaciones casuales. La idea de que tenemos un 90% de potencial oculto esperando ser despertado suena tentadora… pero también es completamente falsa.
No está del todo claro quién soltó por primera vez esa afirmación. Algunos apuntan al psicólogo William James, allá por el siglo XIX, quien dijo algo como que “la mayoría de las personas solo desarrollan una pequeña parte de su potencial mental”. Pero lo que él escribió como una reflexión filosófica sobre el crecimiento personal, con el tiempo fue malinterpretado y deformado hasta convertirse en esa cifra concreta y llamativa: 10%.
Y claro, Hollywood hizo lo suyo. Películas como Lucy o Sin límites vendieron la idea de que, si activáramos el «resto» del cerebro, podríamos hacer cosas fuera de lo común: hablar varios idiomas en segundos, mover objetos con la mente o resolver problemas complejos sin parpadear. Suena emocionante, pero lamentablemente no tiene nada que ver con la realidad del funcionamiento cerebral.
La ciencia lo deja claro si solo usamos el 10% del cerebro
Hoy, gracias a herramientas como la resonancia magnética funcional (fMRI), podemos observar en tiempo real cómo trabaja el cerebro cuando pensamos, hablamos, recordamos o incluso cuando estamos dormidos. Y los estudios son bastante claros: no hay zonas del cerebro que estén “apagadas”.
Cada área cumple una función: el lenguaje, la visión, la memoria, el movimiento, las emociones… incluso en reposo, el cerebro está activo. Si de verdad usáramos solo un 10%, entonces los daños por un pequeño accidente cerebrovascular no serían tan graves como lo son. Pero en la práctica, incluso una lesión en una parte mínima del cerebro puede tener efectos devastadores.
Lo resume muy bien Michael Gazzaniga, uno de los grandes referentes de la neurociencia cognitiva: “No hay ninguna parte del cerebro que esté completamente inactiva. Si existiera, simplemente la habríamos perdido durante la evolución”.
Entonces, ¿por qué sentimos que no usamos todo nuestro potencial?
Esto es interesante, porque aunque biológicamente usamos todo el cerebro, a veces sentimos que podríamos hacer mucho más. Y esa sensación viene más de lo emocional que de lo científico. Nos pasa cuando procrastinamos, olvidamos algo importante o sentimos que podríamos ser más creativos, más productivos, más enfocados. Eso puede generar la ilusión de que hay un “potencial escondido” sin usar.
Pero la verdad es que no se trata de tener neuronas dormidas. Lo que sí existe —y es fascinante— es la plasticidad cerebral, esa capacidad que tiene el cerebro para adaptarse, aprender, reorganizarse. Está presente en la infancia, pero sigue funcionando también en la adultez. Cada vez que aprendemos algo nuevo, practicamos un deporte, nos enfrentamos a un reto mental o incluso cambiamos un mal hábito, estamos fortaleciendo y moldeando nuestro cerebro.
Es decir, la clave no está en “despertar” el cerebro, sino en entrenarlo.
¿Cuál es el problema de creer en el mito del 10% del cerebro?
Además de ser falso, este mito puede ser peligroso. Ha servido como base para vender suplementos milagrosos, cursos costosos o terapias sin respaldo que prometen “activar” partes dormidas del cerebro. Y eso, además de generar expectativas poco realistas, puede hacer que muchas personas se sientan incompletas o “limitadas”, como si necesitaran desbloquear algo secreto para ser valiosas o inteligentes.
Pero no hace falta nada mágico. Ya nacemos con una máquina extraordinaria: el cerebro humano representa apenas el 2% del peso corporal, pero consume cerca del 20% de toda la energía que produce el cuerpo. Y está activo todo el tiempo, incluso mientras dormimos. No necesita despertarse, necesita cuidado, atención y buenos hábitos.
¿Y entonces? ¿Qué hacemos con esta información?
Más allá de desmontar un mito popular, entender cómo realmente funciona el cerebro nos ayuda a tomar mejores decisiones sobre nuestra salud mental, nuestra forma de aprender y cómo vivimos en general.
Dormir bien, mantenernos en movimiento, aprender cosas nuevas, alimentarnos de forma equilibrada, cuidar nuestras emociones, tener relaciones sanas y hasta permitirnos descansar cuando lo necesitamos… todo eso tiene un impacto real y directo en cómo funciona nuestro cerebro.
No necesitamos un “superpoder oculto” para mejorar. Lo que necesitamos es aprender a usar bien lo que ya tenemos.
Porque al final, la verdadera maravilla del cerebro no está en su supuesto misterio, sino en su capacidad de adaptarse, cambiar y crecer con nosotros. Y eso, más que cualquier película de ciencia ficción, es algo realmente poderoso.