¿Por qué no se ha encontrado la cura del cáncer aún? Lo que no suele decirse sobre la investigación

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Han pasado más de 50 años desde que se declaró la “guerra contra el cáncer”, pero aún no existe una cura definitiva.

Tomando en cuenta los avances tecnológicos nos permiten editar genes, crear órganos en impresoras 3D y explorar otros planetas, hay una pregunta que sigue siendo incómodamente persistente: ¿por qué no se ha curado el cáncer aún? ¿Cómo es posible que, después de décadas de investigación, miles de millones de dólares invertidos y millones de vidas perdidas, no tengamos aún una “cura definitiva”?

La respuesta corta, aunque frustrante, es esta: porque el cáncer no es una sola enfermedad, y su complejidad desafía todo lo que sabemos sobre la biología humana. Pero hay más que eso. Hay verdades científicas difíciles de comunicar al público, errores del pasado que aún pesan, avances reales que no siempre se ven como “curas”, y un sistema de investigación que, aunque apasionado, a veces avanza más lento de lo que quisiéramos.

Un enemigo con miles de caras

Lo primero que hay que entender es que no existe “el cáncer” como una sola entidad. Existen más de 100 tipos diferentes de cáncer, y cada uno puede comportarse de forma única. Incluso dentro del mismo tipo —por ejemplo, el cáncer de mama o de pulmón— puede haber subtipos genéticos con respuestas completamente distintas al tratamiento.

Como explicó el Instituto Nacional del Cáncer de EE. UU., el cáncer es una enfermedad del ADN: ocurre cuando mutaciones genéticas hacen que las células crezcan sin control. Pero las mutaciones no son iguales en todas las personas, ni siquiera en todos los tumores, y eso complica enormemente el desarrollo de una única cura universal.

De hecho, estudios como los publicados por The Cancer Genome Atlas (TCGA) han revelado que cada tumor puede tener cientos o miles de mutaciones distintas. Algunas son “conductoras” del cáncer, otras solo lo acompañan. Detectarlas, entenderlas y atacarlas de forma precisa es uno de los mayores desafíos de la oncología moderna.

Los avances existen, pero no siempre se ven

Decir que “no se ha curado el cáncer” puede dar la impresión de que no se ha avanzado, y eso no es cierto. En muchos casos, el cáncer ya no es una sentencia de muerte, sino una enfermedad crónica que puede controlarse durante años, con buena calidad de vida.

Por ejemplo, según la American Cancer Society, la tasa de mortalidad por cáncer en Estados Unidos ha disminuido un 33% desde 1991. Esto se traduce en más de 3.8 millones de muertes evitadas. Avances en detección temprana, cirugía mínimamente invasiva, radioterapia más precisa, terapias dirigidas e inmunoterapia han cambiado la historia para millones de personas.

Uno de los desarrollos más prometedores es la inmunoterapia, que busca reprogramar el sistema inmunológico para que reconozca y destruya células cancerosas. Medicamentos como los inhibidores de puntos de control inmunitario (anti-PD-1/PD-L1) han mostrado resultados impresionantes en ciertos tipos de cáncer, como el melanoma avanzado o algunos cánceres de pulmón.

Pero estos tratamientos no funcionan en todos los pacientes, y a menudo son extraordinariamente caros. Y ese es otro punto que rara vez se discute: el acceso a los avances oncológicos no es igual para todos.

El cáncer como negocio (y como ciencia)

Una crítica que a menudo circula en redes sociales es que “no se ha curado el cáncer porque no conviene económicamente”. Si bien esa afirmación simplifica en exceso un problema complejo, sí es cierto que la industria farmacéutica tiene incentivos que no siempre priorizan curas definitivas.

Los tratamientos prolongados, como las terapias orales diarias o las inmunoterapias repetidas, generan ingresos constantes. Un informe de IQVIA Institute for Human Data Science reveló que solo en 2022 el mercado global de medicamentos oncológicos superó los 196 mil millones de dólares. Eso plantea preguntas éticas legítimas sobre cómo se decide qué investigaciones se financian, y qué tan accesibles se vuelven los tratamientos después.

No obstante, la gran mayoría de investigadores oncológicos en universidades, hospitales y centros públicos trabajan con una sola meta: encontrar soluciones reales, no productos de venta perpetua. El problema es que el proceso es lento, costoso y está lleno de obstáculos biológicos.

La naturaleza impredecible de la evolución celular

El cáncer es, en cierto modo, un reflejo perverso de la evolución. Las células cancerosas mutan, se adaptan, aprenden a resistir medicamentos. En algunos casos, una terapia puede eliminar el 99% del tumor… pero ese 1% restante muta y regresa con más fuerza.

Este fenómeno, conocido como resistencia adquirida, ha sido documentado en múltiples estudios. Por ejemplo, un artículo en Nature Reviews Cancer (2017) explica cómo algunos tumores logran activar rutas alternativas para sobrevivir al ataque de medicamentos, incluso cuando se ha logrado bloquear su principal “motor” de crecimiento.

Además, hay lugares del cuerpo donde los tratamientos no llegan con facilidad, como el cerebro (por la barrera hematoencefálica), o donde las células cancerosas se ocultan en microambientes inmunosupresores, como la médula ósea.

Un futuro prometedor, pero sin atajos

Entonces, ¿vamos camino a curar el cáncer? En cierto sentido, sí. La medicina personalizada está permitiendo diseñar tratamientos según el perfil genético del tumor de cada paciente. La inteligencia artificial está ayudando a identificar nuevas combinaciones de fármacos. La edición genética con CRISPR abre posibilidades para atacar mutaciones específicas.

Pero no habrá una “bala mágica”. Como ha señalado la Organización Mundial de la Salud, el enfoque debe ser múltiple: prevención, detección temprana, acceso a tratamientos efectivos y políticas públicas de salud que reduzcan desigualdades.

Mientras tanto, decir que no se ha curado el cáncer no significa que no se haya hecho nada. Significa que estamos luchando contra una de las formas más complejas de disfunción celular que existen, y que el camino hacia la cura —si llega a existir— será tan diverso como los tipos de cáncer que enfrentamos.

Y quizá, lo más honesto que puede decir la ciencia hoy no es “ya casi lo tenemos”, sino: lo estamos entendiendo cada vez mejor, y en esa comprensión, también hay esperanza.

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