Hay momentos en los que algo dentro de nosotros parece saber la respuesta, incluso antes de que la razón tenga tiempo de intervenir, eso es algo que muchas personas le llaman “sexto sentido”, aunque otros lo conocen como intuición.
Esa sensación que no sabes de dónde viene
Todos lo hemos vivido. Sientes que algo no está bien, aunque no haya señales claras. A veces aciertas. Otras, no tanto. La intuición suele describirse como un conocimiento que surge sin razonamiento consciente. No es magia, pero tampoco es completamente racional. Y eso ha despertado la curiosidad de científicos, psicólogos y neurobiólogos que han tratado de entender de dónde viene ese “saber sin saber cómo sabes”.
Uno de los primeros en abordar este tema desde una mirada más profunda fue el psicólogo Carl Jung, quien definió la intuición como una forma de percepción que funciona de manera inconsciente y que nos permite ver patrones o conexiones sin necesidad de un análisis lógico.
Pero en los últimos años, la neurociencia ha comenzado a darle rostro al proceso intuitivo. Literalmente.
El cerebro, siempre trabajando detrás de escena
Un estudio publicado en Nature Human Behaviour en 2016, dirigido por Joel Pearson, investigador de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia), mostró que nuestro cerebro puede captar señales sutiles y procesarlas sin que seamos plenamente conscientes. En ese experimento, los participantes fueron expuestos a estímulos visuales que no podían identificar conscientemente, pero que influenciaron sus decisiones posteriores. Era como si su cerebro hubiera tomado nota de detalles invisibles para el ojo consciente… y actuara en consecuencia.
Esto sugiere que lo que llamamos intuición podría estar basado en una combinación de experiencias previas, memoria implícita y procesamiento inconsciente. Es decir, tu cerebro va juntando piezas de rompecabezas que ni tú sabes que estás mirando, y te lanza una especie de “alerta silenciosa”.
Cuando el cuerpo también piensa
La intuición no solo se queda en la cabeza. El cuerpo también juega un papel importante. De hecho, la ciencia ha descubierto que nuestras decisiones intuitivas pueden estar influenciadas por lo que se conoce como el “segundo cerebro”: el sistema nervioso entérico, una red neuronal que se encuentra en el tracto digestivo y que se comunica constantemente con el cerebro.
¿Te suena la expresión “tengo un mal presentimiento en el estómago”? No es una simple metáfora. La conexión cerebro-intestino es tan fuerte que, en algunos casos, el sistema digestivo puede reaccionar antes que el cerebro consciente frente a un estímulo emocional. Esa respuesta visceral también forma parte de la intuición.
Un ejemplo concreto es el trabajo de la investigadora Lisa Feldman Barrett, quien ha estudiado cómo el cuerpo anticipa emociones y peligros antes de que seas consciente de lo que está pasando. En su libro How Emotions Are Made, explica cómo el cuerpo y el cerebro crean predicciones todo el tiempo, basadas en experiencias pasadas, y eso incluye anticipar peligros o tomar decisiones rápidas sin pensarlo demasiado.
¿Es confiable la intuición?
Aquí viene la pregunta incómoda: si la intuición existe y tiene base científica, ¿podemos confiar siempre en ella?
La respuesta es clara: depende. La intuición es más precisa cuando se basa en áreas donde tenemos experiencia. Un médico con años de práctica puede tener un “presentimiento” sobre un diagnóstico que resulta ser correcto, porque su cerebro ya ha visto cientos de patrones similares antes. Lo mismo aplica para jugadores de ajedrez, chefs, deportistas o periodistas. La intuición se afina con el tiempo y con la repetición.
Pero cuando estamos frente a situaciones nuevas o desconocidas, ese “sexto sentido” puede fallar, y bastante. Porque entonces el cerebro está adivinando, más que anticipando.
Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía y autor del famoso libro Thinking, Fast and Slow, lo explica así: tenemos dos sistemas mentales. Uno rápido, automático e intuitivo (Sistema 1), y otro más lento, analítico y racional (Sistema 2). El primero es útil, pero no siempre preciso. El segundo es más confiable, pero también más lento. La clave, según Kahneman, es aprender cuándo confiar en uno y cuándo dejar que el otro tome el control.
¿Entonces sí o no al sexto sentido?
No es magia. No es telepatía. Pero la intuición sí existe y tiene bases reales. Es ese pequeño empujón interno que el cerebro y el cuerpo te dan antes de que puedas explicarlo con palabras. A veces te salva. A veces te confunde.
La intuición es una mezcla de memoria, percepción inconsciente, emociones corporales y experiencia. No es infalible, pero tampoco es puro instinto animal. Es una herramienta humana compleja, y aprender a reconocer cuándo te está hablando desde la experiencia —y cuándo desde el miedo o la confusión— puede ayudarte a tomar mejores decisiones.